Gran malestar ha causado entre los católicos liberales, la encíclica Dominus Iesus, dada a conocer el mes de Sept. del 2,000
En este documento, aprobado por el papa Juan Pablo ll, se manifiesta nuevamente el triunfalismo tridentino, que se esperaba estuviese superado desde Vaticano ll.
Habrá que esperar algún tiempo, para conocer las consecuencias.
A continuación el texto íntegro.
Dominus Iesus
Declaración sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia
Congregación para la Doctrina de la Fe
+ Joseph Card. Ratzinger
Prefecto
+ Tarcisio Bertone, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli
Secretario
Roma, 6 de agosto del 2000,
Fiesta de la Transfiguración del Señor
INTRODUCCIÓN
I. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD DE LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO
II. EL LOGOS ENCARNADO Y EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE LA SALVACIÓN
III. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO SALVÍFICO DE JESUCRISTO
IV. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA
V. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO
VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
CONCLUSIÓN
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Dominus Iesus - INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
1. El Señor Jesús, antes de ascender al cielo, confió a sus discípulos el
mandato de anunciar el Evangelio al mundo entero y de bautizar a todas las
naciones: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El
que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado"
(Mc 16,15-16); "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues,
y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y
he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt
28,18-20; cf. también Lc 24,46-48; Jn 17,18; 20,21; Hch 1,8).
La misión universal de la Iglesia nace del mandato de Jesucristo y se cumple en
el curso de los siglos en la proclamación del misterio de Dios, Padre, Hijo y
Espíritu Santo, y del misterio de la encarnación del Hijo, como evento de
salvación para toda la humanidad. Es éste el contenido fundamental de la
profesión de fe cristiana: "Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador de
cielo y tierra [...]. Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios
verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, consustancial con el Padre,
por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y
se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato:
padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día según las Escrituras, y subió
al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria
para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. Creo en el Espíritu
Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la
Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo
Bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y
la vida del mundo futuro".[1]
2. La Iglesia, en el curso de los siglos, ha proclamado y testimoniado con
fidelidad el Evangelio de Jesús. Al final del segundo milenio, sin embargo, esta
misión está todavía lejos de su cumplimiento.[2] Por eso, hoy más que nunca, es
actual el grito del apóstol Pablo sobre el compromiso misionero de cada
bautizado: "Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más
bien un deber que me incumbe. Y [exclamdown]ay de mí si no predicara el
Evangelio!" (1 Co 9,16). Eso explica la particular atención que el Magisterio ha
dedicado a motivar y a sostener la misión evangelizadora de la Iglesia, sobre
todo en relación con las tradiciones religiosas del mundo.[3]
Teniendo en cuenta los valores que éstas testimonian y ofrecen a la humanidad,
con una actitud abierta y positiva, la Declaración conciliar sobre la relación
de la Iglesia con las religiones no cristianas afirma: "La Iglesia católica no
rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera
con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y las
doctrinas, que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña,
no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los
hombres".[4] Prosiguiendo en esta línea, el compromiso eclesial de anunciar a
Jesucristo, "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6), se sirve hoy también de
la práctica del diálogo interreligioso, que ciertamente no sustituye sino que
acompaña la missio ad gentes, en virtud de aquel "misterio de unidad", del cual
"deriva que todos los hombres y mujeres que son salvados participan, aunque en
modos diferentes, del mismo misterio de salvación en Jesucristo por medio de su
Espíritu".[5] Dicho diálogo, que forma parte de la misión evangelizadora de la
Iglesia,[6] comporta una actitud de comprensión y una relación de conocimiento
recíproco y de mutuo enriquecimiento, en la obediencia a la verdad y en el
respeto de la libertad.[7]
3. En la práctica y profundización teórica del diálogo entre la fe cristiana y
las otras tradiciones religiosas surgen cuestiones nuevas, las cuales se trata
de afrontar recorriendo nuevas pistas de búsqueda, adelantando propuestas y
sugiriendo comportamientos, que necesitan un cuidadoso discernimiento. En esta
búsqueda, la presente Declaración interviene para llamar la atención de los
Obispos, de los teólogos y de todos los fieles católicos sobre algunos
contenidos doctrinales imprescindibles, que puedan ayudar a que la reflexión
teológica madure soluciones conformes al dato de la fe, que respondan a las
urgencias culturales contemporáneas.
El lenguaje expositivo de la Declaración responde a su finalidad, que no es la
de tratar en modo orgánico la problemática relativa a la unicidad y
universalidad salvífica del misterio de Jesucristo y de la Iglesia, ni el
proponer soluciones a las cuestiones teológicas libremente disputadas, sino la
de exponer nuevamente la doctrina de la fe católica al respecto. Al mismo tiempo
la Declaración quiere indicar algunos problemas fundamentales que quedan
abiertos para ulteriores profundizaciones, y confutar determinadas posiciones
erróneas o ambiguas. Por eso el texto retoma la doctrina enseñada en documentos
precedentes del Magisterio, con la intención de corroborar las verdades que
forman parte del patrimonio de la fe de la Iglesia.
4. El perenne anuncio misionero de la Iglesia es puesto hoy en peligro por
teorías de tipo relativistas, que tratan de justificar el pluralismo religioso,
no sólo de facto sino también de iure (o de principio). En consecuencia, se
retienen superadas, por ejemplo, verdades tales como el carácter definitivo y
completo de la revelación de Jesucristo, la naturaleza de la fe cristiana con
respecto a la creencia en las otra religiones, el carácter inspirado de los
libros de la Sagrada Escritura, la unidad personal entre el Verbo eterno y Jesús
de Nazaret, la unidad entre la economía del Verbo encarnado y del Espíritu
Santo, la unicidad y la universalidad salvífica del misterio de Jesucristo, la
mediación salvífica universal de la Iglesia, la inseparabilidad --aun en la
distinción-- entre el Reino de Dios, el Reino de Cristo y la Iglesia, la
subsistencia en la Iglesia católica de la única Iglesia de Cristo.
Las raíces de estas afirmaciones hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya
sean de naturaleza filosófica o teológica, que obstaculizan la inteligencia y la
acogida de la verdad revelada. Se pueden señalar algunos: la convicción de la
inaferrablilidad y la inefabilidad de la verdad divina, ni siquiera por parte de
la revelación cristiana; la actitud relativista con relación a la verdad, en
virtud de lo cual aquello que es verdad para algunos no lo es para otros; la
contraposición radical entre la mentalidad lógica atribuida a Occidente y la
mentalidad simbólica atribuida a Oriente; el subjetivismo de quien, considerando
la razón como única fuente de conocimiento, se hace "incapaz de levantar la
mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser";[8] la
dificultad de comprender y acoger en la historia la presencia de eventos
definitivos y escatológicos; el vaciamiento metafísico del evento de la
encarnación histórica del Logos eterno, reducido a un mero aparecer de Dios en
la historia; el eclecticismo de quien, en la búsqueda teológica, asume ideas
derivadas de diferentes contextos filosóficos y religiosos, sin preocuparse de
su coherencia y conexión sistemática, ni de su compatibilidad con la verdad
cristiana; la tendencia, en fin, a leer e interpretar la Sagrada Escritura fuera
de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia.
Sobre la base de tales presupuestos, que se presentan con matices diversos, unas
veces como afirmaciones y otras como hipótesis, se elaboran algunas propuestas
teológicas en las cuales la revelación cristiana y el misterio de Jesucristo y
de la Iglesia pierden su carácter de verdad absoluta y de universalidad
salvífica, o al menos se arroja sobre ellos la sombra de la duda y de la
inseguridad.
[1]Conc. de Constantinopla I, Symbolum Costantinopolitanum: DS 150.
[2]Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 1: AAS 83 (1991) 249-340.
[3]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes y Decl. Nostra aetate; cf. también
Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi: AAS 68 (1976) 5-76; Juan Pablo II,
Enc. Redemptoris missio.
[4]Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetate, 2.
[5]Pont. Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la Evangelización
de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 29; cf. Conc.Ecum. Vat II, Const.
past. Gaudium et spes, 22.
[6]Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.
[7]Cf. Pont.Cons. para el Diálogo Interreligioso y la Congr. para la
Evangelización de los Pueblos, Instr. Diálogo y anuncio, 9: AAS 84 (1992)
414-446.
[8]Juan Pablo II,Enc. Fides et ratio, 5: AAS 91 (1999) 5-88.
Dominus Iesus - I. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD DE LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO
I. PLENITUD Y DEFINITIVIDAD DE LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO
5. Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, es
necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la
revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación
de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es "el
camino, la verdad y la vida" (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud
de la verdad divina: "Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le
conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar"
(Mt 11,27). "A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno
del Padre, él lo ha revelado" (Jn 1,18); "porque en él reside toda la Plenitud
de la Divinidad corporalmente" (Col 2,9-10).
Fiel a la palabra de Dios, el Concilio Vaticano II enseña: "La verdad íntima
acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la
revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la
revelación".[9] Y confirma: "Jesucristo, el Verbo hecho carne, "hombre enviado a
los hombres", habla palabras de Dios (Jn 3,34) y lleva a cabo la obra de la
salvación que el Padre le confió (cf. Jn 5,36; 17,4). Por tanto, Jesucristo
--ver al cual es ver al Padre (cf. Jn 14,9)--, con su total presencia y
manifestación, con palabras y obras, señales y milagros, sobre todo con su
muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos, y finalmente, con el envío
del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma con
el testimonio divino [...]. La economía cristiana, como la alianza nueva y
definitiva, nunca cesará; y no hay que esperar ya ninguna revelación pública
antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tm 6,14;
Tit 2,13)".[10]
Por esto la encíclica Redemptoris missio propone nuevamente a la Iglesia la
tarea de proclamar el Evangelio, como plenitud de la verdad: "En esta Palabra
definitiva de su revelación, Dios se ha dado a conocer del modo más completo; ha
dicho a la humanidad quién es. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el
motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no
puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que
Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo".[11] Sólo la revelación de
Jesucristo, por lo tanto, "introduce en nuestra historia una verdad universal y
última que induce a la mente del hombre a no pararse nunca".[12]
6. Es, por lo tanto, contraria a la fe de la Iglesia la tesis del carácter
limitado, incompleto e imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería
complementaria a la presente en las otras religiones. La razón que está a la
base de esta aserción pretendería fundarse sobre el hecho de que la verdad
acerca de Dios no podría ser acogida y manifestada en su globalidad y plenitud
por ninguna religión histórica, por lo tanto, tampoco por el cristianismo ni por
Jesucristo.
Esta posición contradice radicalmente las precedentes afirmaciones de fe, según
las cuales en Jesucristo se da la plena y completa revelación del misterio
salvífico de Dios. Por lo tanto, las palabras, las obras y la totalidad del
evento histórico de Jesús, aun siendo limitados en cuanto realidades humanas,
sin embargo, tienen como fuente la Persona divina del Verbo encarnado,
"verdadero Dios y verdadero hombre"[13] y por eso llevan en sí la definitividad
y la plenitud de la revelación de las vías salvíficas de Dios, aunque la
profundidad del misterio divino en sí mismo siga siendo trascendente e
inagotable. La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en
lenguaje humano. Ella, en cambio, sigue siendo única, plena y completa porque
quien habla y actúa es el Hijo de Dios encarnado. Por esto la fe exige que se
profese que el Verbo hecho carne, en todo su misterio, que va desde la
encarnación a la glorificación, es la fuente, participada mas real, y el
cumplimiento de toda la revelación salvífica de Dios a la humanidad,[14] y que
el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, enseña a los Apóstoles, y por
medio de ellos a toda la Iglesia de todos los tiempos, "la verdad completa" (Jn
16,13).
7. La respuesta adecuada a la revelación de Dios es "la obediencia de la fe (Rm
1,5: Cf. Rm 16,26; 2 Co 10,5-6), por la que el hombre se confía libre y
totalmente a Dios, prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y
de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por Él".[15]
La fe es un don de la gracia: "Para profesar esta fe es necesaria la gracia de
Dios, que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual
mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos
la suavidad en el aceptar y creer la verdad"".[16]
La obediencia de la fe conduce a la acogida de la verdad de la revelación de
Cristo, garantizada por Dios, quien es la Verdad misma;[17] "La fe es ante todo
una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente
el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado".[18] La fe, por lo
tanto, "don de Dios" y "virtud sobrenatural infundida por Él",[19] implica una
doble adhesión: a Dios que revela y a la verdad revelada por él, en virtud de la
confianza que se le concede a la persona que la afirma. Por esto "no debemos
creer en ningún otro que no sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo".[20]
Debe ser, por lo tanto, firmemente retenida la distinción entre la fe teoloGal y
la creencia en las otras religiones. Si la fe es la acogida en la gracia de la
verdad revelada, que "permite penetrar en el misterio, favoreciendo su
comprensión coherente",[21] la creencia en las otras religiones es esa totalidad
de experiencia y pensamiento que constituyen los tesoros humanos de sabiduría y
religiosidad, que el hombre, en su búsqueda de la verdad, ha ideado y creado en
su referencia a lo Divino y al Absoluto.[22]
Non siempre tal distinción es tenida en consideración en la reflexión actual,
por lo cual a menudo se identifica la fe teologal, que es la acogida de la
verdad revelada por Dios Uno y Trino, y la creencia en las otras religiones, que
es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente
todavía del asentimiento a Dios que se revela. Este es uno de los motivos por
los cuales se tiende a reducir, y a veces incluso a anular, las diferencias
entre el cristianismo y las otras religiones.
8. Se propone también la hipótesis acerca del valor inspirado de los textos
sagrados de otras religiones. Ciertamente es necesario reconocer que tales
textos contienen elementos gracias a los cuales multitud de personas a través de
los siglos han podido y todavía hoy pueden alimentar y conservar su relación
religiosa con Dios. Por esto, considerando tanto los modos de actuar como los
preceptos y las doctrinas de las otras religiones, el Concilio Vaticano II
--como se ha recordado antes-- afirma que "por más que discrepen en mucho de lo
que ella [la Iglesia] profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de
aquella Verdad que ilumina a todos los hombres".[23]
La tradición de la Iglesia, sin embargo, reserva la calificación de textos
inspirados a los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto
inspirados por el Espíritu Santo.[24] Recogiendo esta tradición, la Constitución
dogmática sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II enseña: "La santa
Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros
enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos
bajo la inspiración del Espíritu Santo (cf. Jn 20, 31; 2 Tm 3,16; 2 Pe 1,19-21;
3,15-16), tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma
Iglesia".[25] Esos libros "enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la
verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras de nuestra
salvación".[26]
Sin embargo, queriendo llamar a sí a todas las gentes en Cristo y comunicarles
la plenitud de su revelación y de su amor, Dios no deja de hacerse presente en
muchos modos "no sólo en cada individuo, sino también en los pueblos mediante
sus riquezas espirituales, cuya expresión principal y esencial son las
religiones, aunque contengan "lagunas, insuficiencias y errores"".[27] Por lo
tanto, los libros sagrados de otras religiones, que de hecho alimentan y guían
la existencia de sus seguidores, reciben del misterio de Cristo aquellos
elementos de bondad y gracia que están en ellos presentes.
[9]Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 2.
[10]Ibíd., 4.
[11]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.
[12]Juan Pablo II, Enc. Fides et ratio, 14.
[13]Conc. Ecum. de Calcedonia, DS 301. Cf. S. Atanasio de Alejandría, De
Incarnatione, 54,3: SC 199,458.
[14]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 4
[15]Ibíd., 5.
[16]Ibíd.
[17]3 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 144.
[18]Ibíd., 150.
[19]Ibíd., 153.
[20]Ibíd., 178.
[21]Juan Pablo II, Enc. Fides et Ratio, 13.
[22]Cf. ibíd., 31-32.
[23]Conc. Ecum. Vat.II, Decl.Nostra aetae, 2. Cf. también Conc.Ecum. Vat. II,
Decr. Ad gentes, 9, donde se habla de todo lo bueno presente "en los ritos y en
las culturas de los pueblos"; Const. dogm. Lumen gentium, 16, donde se indica
todo lo bueno y lo verdadero presente entre los no cristianos, que pueden ser
considerados como una preparación a la acogida del Evangelio.
[24]Cf. Conc. de Trento, Decr. de libris sacris et de traditionibus recipiendis:
DS 1501; Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.Dei Filius, cap. 2: DS 3006.
[25]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Dei verbum, 11.
[26]Ibíd.
[27]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; cf. también 56. Pablo VI,
Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 53.
Dominus Iesus - II. EL LOGOS ENCARNADO Y EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE LA SALVACIÓN
II. EL LOGOS ENCARNADO Y EL ESPÍRITU SANTO EN LA OBRA DE LA SALVACIÓN
9. En la reflexión teológica contemporánea a menudo emerge un acercamiento a
Jesús de Nazaret como si fuese una figura histórica particular y finita, que
revela lo divino de manera no exclusiva sino complementaria a otras presencias
reveladoras y salvíficas. El Infinito, el Absoluto, el Misterio último de Dios
se manifestaría así a la humanidad en modos diversos y en diversas figuras
históricas: Jesús de Nazaret sería una de esas. Más concretamente, para algunos
él sería uno de los tantos rostros que el Logos habría asumido en el curso del
tiempo para comunicarse salvíficamente con la humanidad.
Además, para justificar por una parte la universalidad de la salvación cristiana
y por otra el hecho del pluralismo religioso, se proponen contemporaneamente una
economía del Verbo eterno válida también fuera de la Iglesia y sin relación a
ella, y una economía del Verbo encarnado. La primera tendría una plusvalía de
universalidad respecto a la segunda, limitada solamente a los cristianos, aunque
si bien en ella la presencia de Dios sería más plena.
10. Estas tesis contrastan profundamente con la fe cristiana. Debe ser, en
efecto, firmemente creída la doctrina de fe que proclama que Jesús de Nazaret,
hijo de María, y solamente él, es el Hijo y Verbo del Padre. El Verbo, que
"estaba en el principio con Dios" (Jn 1,2), es el mismo que "se hizo carne" (Jn
1,14). En Jesús "el Cristo, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16,16) "reside toda la
Plenitud de la Divinidad corporalmente" (Col 2,9). Él es "el Hijo único, que
está en el seno del Padre" (Jn 1,18), el "Hijo de su amor, en quien tenemos la
redención [...]. Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la plenitud, y
reconciliar con él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de
su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos" (Col 1,13-14.19-20).
Fiel a las Sagradas Escrituras y refutando interpretaciones erróneas y
reductoras, el primer Concilio de Nicea definió solemnemente su fe en
"Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia
del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no hecho, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron
hechas, las que hay en el cielo y las que hay en la tierra, que por nosotros los
hombres y por nuestra salvación descendió y se encarnó, se hizo hombre, padeció,
y resucitó al tercer día, subió a los cielos, y ha de venir a juzgar a los vivos
y a los muertos".[28] Siguiendo las enseñanzas de los Padres, también el
Concilio de Calcedonia profesó que "uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor
Jesucristo, es él mismo perfecto en divinidad y perfecto en humanidad, Dios
verdaderamente, y verdaderamente hombre [...], consustancial con el Padre en
cuanto a la divinidad, y consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad
[...], engendrado por el Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y
el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado
de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad".[29]
Por esto, el Concilio Vaticano II afirma que Cristo "nuevo Adán", "imagen de
Dios invisible" (Col 1,15), "es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la
descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado [...].
Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En
Él Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del
diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el
Apóstol: El Hijo de Dios "me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gal
2,20)".[30]
Al respecto Juan Pablo II ha declarado explícitamente: "Es contrario a la fe
cristiana introducir cualquier separación entre el Verbo y Jesucristo [...]:
Jesús es el Verbo encarnado, una sola persona e inseparable [...]. Cristo no es
sino Jesús de Nazaret, y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación
de todos [...]. Mientras vamos descubriendo y valorando los dones de todas
clases, sobre todo las riquezas espirituales que Dios ha concedido a cada
pueblo, no podemos disociarlos de Jesucristo, centro del plan divino de
salvación".[31]
Es también contrario a la fe católica introducir una separación entre la acción
salvífica del Logos en cuanto tal, y la del Verbo hecho carne. Con la
encarnación, todas las acciones salvíficas del Verbo de Dios, se hacen siempre
en unión con la naturaleza humana que él ha asumido para la salvación de todos
los hombres. El único sujeto que obra en las dos naturalezas, divina y humana,
es la única persona del Verbo.[32]
Por lo tanto no es compatible con la doctrina de la Iglesia la teoría que
atribuye una actividad salvífica al Logos como tal en su divinidad, que se
ejercitaría "más allá" de la humanidad de Cristo, también después de la
encarnación.[33]
11. Igualmente, debe ser firmemente creída la doctrina de fe sobre la unicidad
de la economía salvífica querida por Dios Uno y Trino, cuya fuente y centro es
el misterio de la encarnación del Verbo, mediador de la gracia divina en el plan
de la creación y de la redención (cf. Col 1,15-20), recapitulador de todas las
cosas (cf. Ef 1,10), "al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen
divino, justicia, santificación y redención" (1 Co 1,30). En efecto, el misterio
de Cristo tiene una unidad intrínseca, que se extiende desde la elección eterna
en Dios hasta la parusía: "[Dios] nos ha elegido en él antes de la fundación del
mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor" (Ef 1,4); En
él "por quien entramos en herencia, elegidos de antemano según el previo
designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad" (Ef 1,11);
"Pues a los que de antemano conoció [el Padre], también los predestinó a
reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos
hermanos; y a los que predestinó, a ésos también los justificó; a los que
justificó, a ésos también los glorificó" (Rm 8,29-30).
El Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo
es el mediador y el redentor universal: "El Verbo de Dios, por quien todo fue
hecho, se encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara
todas las cosas. El Señor [...] es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y
colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y de muertos".[34] Esta
mediación salvífica también implica la unicidad del sacrificio redentor de
Cristo, sumo y eterno sacerdote (cf. Eb 6,20; 9,11; 10,12-14).
12. Hay también quien propone la hipótesis de una economía del Espíritu Santo
con un carácter más universal que la del Verbo encarnado, crucificado y
resucitado. También esta afirmación es contraria a la fe católica, que, en
cambio, considera la encarnación salvífica del Verbo como un evento trinitario.
En el Nuevo Testamento el misterio de Jesús, Verbo encarnado, constituye el
lugar de la presencia del Espíritu Santo y la razón de su efusión a la
humanidad, no sólo en los tiempos mesiánicos (cf. Hch 2,32-36; Jn 20,20; 7,39; 1
Co 15,45), sino también antes de su venida en la historia (cf. 1 Co 10,4; 1 Pe
1,10-12).
El Concilio Vaticano II ha llamado la atención de la conciencia de fe de la
Iglesia sobre esta verdad fundamental. Cuando expone el plan salvífico del Padre
para toda la humanidad, el Concilio conecta estrechamente desde el inicio el
misterio de Cristo con el del Espíritu.[35] Toda la obra de edificación de la
Iglesia a través de los siglos se ve como una realización de Jesucristo Cabeza
en comunión con su Espíritu.[36]
Además, la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio de su Espíritu, se
extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la
humanidad. Hablando del misterio pascual, en el cual Cristo asocia vitalmente al
creyente a sí mismo en el Espíritu Santo, y le da la esperanza de la
resurrección, el Concilio afirma: "Esto vale no solamente para los cristianos,
sino también para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la
gracia de modo invisible. Cristo murió por todos, y la vocación suprema del
hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos
creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de
sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual".[37]
Queda claro, por lo tanto, el vínculo entre el misterio salvífico del Verbo
encarnado y el del Espíritu Santo, que actúa el influjo salvífico del Hijo hecho
hombre en la vida de todos los hombres, llamados por Dios a una única meta, ya
sea que hayan precedido históricamente al Verbo hecho hombre, o que vivan
después de su venida en la historia: de todos ellos es animador el Espíritu del
Padre, que el Hijo del hombre dona libremente (cf. Jn 3,34).
Por eso el Magisterio reciente de la Iglesia ha llamado la atención con firmeza
y claridad sobre la verdad de una única economía divina: "La presencia y la
actividad del Espíritu no afectan únicamente a los individuos, sino también a la
sociedad, a la historia, a los pueblos, a las culturas y a las religiones [...].
Cristo resucitado obra ya por la virtud de su Espíritu [...]. Es también el
Espíritu quien esparce "las semillas de la Palabra" presentes en los ritos y
culturas, y los prepara para su madurez en Cristo".[38] Aun reconociendo la
función histórico-salvífica del Espíritu en todo el universo y en la historia de
la humanidad,[39] sin embargo confirma: "Este Espíritu es el mismo que se ha
hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y
que actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni
viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da por hipótesis, que
exista entre Cristo y el Logos. Todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en
la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones, tiene un
papel de preparación evangélica, y no puede menos de referirse a Cristo, Verbo
encarnado por obra del Espíritu, "para que, hombre perfecto, salvara a todos y
recapitulara todas las cosas"".[40]
En conclusión, la acción del Espíritu no está fuera o al lado de la acción de
Cristo. Se trata de una sola economía salvífica de Dios Uno y Trino, realizada
en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios,
llevada a cabo con la cooperación del Espíritu Santo y extendida en su alcance
salvífico a toda la humanidad y a todo el universo: "Los hombres, pues, no
pueden entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción
del Espíritu".[41]
[28]Conc. Ecum. de Nicea I, DS 125.
[29]Conc. Ecum de Calcedonia, DS 301.
[30]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Gaudium et spes, 22.
[31]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.
[32]Cf. San León Magno, Tomus ad Flavianum: DS 269.
[33]Cf. San León Magno, Carta "Promisisse me memini" ad Leonem I imp: DS 318:
"In tantam unitatem ab ipso conceptu Virginis deitate et humanitate conserta, ut
nec sine homine divina, nec sine Dio agerentur humana". Cf. también ibíd.: DS
317.
[34]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. Cf. también Conc. de
Trento, Decr. De peccato originali, 3: DS 1513.
[35]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3-4.
[36]Cf. ibíd., 7.Cf. San Ireneo, el cual afirmaba que en la Iglesia "ha sido
depositada la comunión con Cristo, o sea, el Espíritu Santo" (Adversus Haereses
III, 24, 1: SC 211, 472).
[37]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22.
[38]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 28.Acerca de "las semillas del
Verbo" cf. también San Justino, 2 Apologia, 8,1-2,1-3; 13, 3-6: ed. E. J.
Goodspeed, 84; 85; 88-89.
[39]Cf. ibíd., 28-29.
[40]Ibíd., 29.
[41]3 Ibíd., 5.
Dominus Iesus - III. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO SALVÍFICO DE JESUCRISTO
III. UNICIDAD Y UNIVERSALIDAD DEL MISTERIO SALVÍFICO DE JESUCRISTO
13. Es también frecuente la tesis que niega la unicidad y la universalidad
salvífica del misterio de Jesucristo. Esta posición no tiene ningún fundamento
bíblico. En efecto, debe ser firmemente creída, como dato perenne de la fe de la
Iglesia, la proclamación de Jesucristo, Hijo de Dios, Señor y único salvador,
que en su evento de encarnación, muerte y resurrección ha llevado a cumplimiento
la historia de la salvación, que tiene en él su plenitud y su centro.
Los testimonios neotestamentarios lo certifican con claridad: "El Padre envió a
su Hijo, como salvador del mundo" (1 Jn 4,14); "He aquí el cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). En su discurso ante el sanedrín, Pedro,
para justificar la curación del tullido de nacimiento realizada en el nombre de
Jesús (cf. Hch 3,1-8), proclama: "Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a
los hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4,12). El mismo apóstol
añade además que "Jesucristo es el Señor de todos"; "está constituido por Dios
juez de vivos y muertos"; por lo cual "todo el que cree en él alcanza, por su
nombre, el perdón de los pecados" (Hch 10,36.42.43).
Pablo, dirigiéndose a la comunidad de Corinto, escribe: "Pues aun cuando se les
dé el nombre de dioses, bien en el cielo bien en la tierra, de forma que hay
multitud de dioses y de señores, para nosotros no hay más que un solo Dios, el
Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor,
Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros" (1 Co
8,5-6). También el apóstol Juan afirma: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio
a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida
eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino
para que el mundo se salve por él" (Jn 3,16-17). En el Nuevo Testamento, la
voluntad salvífica universal de Dios está estrechamente conectada con la única
mediación de Cristo: "[Dios] quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo
mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó
a sí mismo como rescate por todos" (1 Tm 2,4-6).
Basados en esta conciencia del don de la salvación, único y universal, ofrecido
por el Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo (cf. Ef 1,3-14), los
primeros cristianos se dirigieron a Israel mostrando que el cumplimiento de la
salvación iba más allá de la Ley, y afrontaron después al mundo pagano de
entonces, que aspiraba a la salvación a través de una pluralidad de dioses
salvadores. Este patrimonio de la fe ha sido propuesto una vez más por el
Magisterio de la Iglesia: "Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por
todos (cf. 2 Co 5,15), da al hombre su luz y su fuerza por el Espíritu Santo a
fin de que pueda responder a su máxima vocación y que no ha sido dado bajo el
cielo a la humanidad otro nombre en el que sea posible salvarse (cf. Hch 4,12).
Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se
halla en su Señor y Maestro".[42]
14. Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la
voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez
para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de
Dios.
Teniendo en cuenta este dato de fe, y meditando sobre la presencia de otras
experiencias religiosas no cristianas y sobre su significado en el plan
salvífico de Dios, la teología está hoy invitada a explorar si es posible, y en
qué medida, que también figuras y elementos positivos de otras religiones puedan
entrar en el plan divino de la salvación. En esta tarea de reflexión la
investigación teológica tiene ante sí un extenso campo de trabajo bajo la guía
del Magisterio de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en efecto, afirmó que "la
única mediación del Redentor no excluye, sino suscita en sus criaturas una
múltiple cooperación que participa de la fuente única".[43] Se debe profundizar
el contenido de esta mediación participada, siempre bajo la norma del principio
de la única mediación de Cristo: "Aun cuando no se excluyan mediaciones
parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y
valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como
paralelas y complementarias".[44] No obstante, serían contrarias a la fe
cristiana y católica aquellas propuestas de solución que contemplen una acción
salvífica de Dios fuera de la única mediación de Cristo.
15. No pocas veces algunos proponen que en teología se eviten términos como
"unicidad", "universalidad", "absolutez", cuyo uso daría la impresión de un
énfasis excesivo acerca del valor del evento salvífico de Jesucristo con
relación a las otras religiones. En realidad, con este lenguaje se expresa
simplemente la fidelidad al dato revelado, pues constituye un desarrollo de las
fuentes mismas de la fe. Desde el inicio, en efecto, la comunidad de los
creyentes ha reconocido que Jesucristo posee una tal valencia salvífica, que Él
sólo, como Hijo de Dios hecho hombre, crucificado y resucitado, en virtud de la
misión recibida del Padre y en la potencia del Espíritu Santo, tiene el objetivo
de donar la revelación (cf. Mt 11,27) y la vida divina (cf. Jn 1,12; 5,25-26;
17,2) a toda la humanidad y a cada hombre.
En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género
humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él
propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios
hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el
Concilio Vaticano II enseña: "El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se
encarnó para que, Hombre perfecto, salvará a todos y recapitulara todas las
cosas. El Señor es el fin de la historia humana, "punto de convergencia hacia el
cual tienden los deseos de la historia y de la civilización", centro de la
humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es
aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo
juez de vivos y de muertos".[45] "Es precisamente esta singularidad única de
Cristo la que le confiere un significado absoluto y universal, por lo cual,
mientras está en la historia, es el centro y el fin de la misma: "Yo soy el Alfa
y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin" (Ap 22,13)".[46]
[42]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past.Gaudium et spes, 10; cf. San Agustín,
cuando afirma que fuera de Cristo, "camino universal de salvación que nunca ha
faltado al género humano, nadie ha sido liberado, nadie es liberado, nadie será
liberado": De Civitate Dei 10, 32, 2: CCSL 47, 312.
[43]Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 62.
[44]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 5.
[45]Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 45. La necesidad y
absoluta singularidad de Cristo en la historia humana está bien expresada por
San Ireneo cuando contempla la preeminencia de Jesús como Primogénito: "En los
cielos como primogénito del pensamiento del Padre, el Verbo perfecto dirige
personalmente todas las cosas y legisla; sobre la tierra como primogénito de la
Virgen, hombre justo y santo, siervo de Dios, bueno, aceptable a Dios, perfecto
en todo; finalmente salvando de los infiernos a todos aquellos que lo siguen,
como primogénito de los muertos es cabeza y fuente de la vida divina"
(Demostratio, 39: SC 406, 138).
[46]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 6.
Dominus Iesus - IV. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA
IV. UNICIDAD Y UNIDAD DE LA IGLESIA
16. El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de
discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico: Él mismo
está en la Iglesia y la Iglesia está en Él (cf. Jn 15,1ss; Ga 3,28; Ef 4,15-16;
Hch 9,5); por eso, la plenitud del misterio salvífico de Cristo pertenece
también a la Iglesia, inseparablemente unida a su Señor. Jesucristo, en efecto,
continúa su presencia y su obra de salvación en la Iglesia y a través de la
Iglesia (cf. Col 1,24-27),[47] que es su cuerpo (cf. 1 Co 12, 12-13.27; Col
1,18).[48] Y así como la cabeza y los miembros de un cuerpo vivo aunque no se
identifiquen son inseparables, Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero
tampoco separar, y constituyen un único "Cristo total".[49] Esta misma
inseparabilidad se expresa también en el Nuevo Testamento mediante la analogía
de la Iglesia como Esposa de Cristo (cf. 2 Cor 11,2; Ef 5,25-29; Ap 21,2.9).[50]
Por eso, en conexión con la unicidad y la universalidad de la mediación
salvífica de Jesucristo, debe ser firmemente creída como verdad de fe católica
la unicidad de la Iglesia por él fundada. Así como hay un solo Cristo, uno solo
es su cuerpo, una sola es su Esposa: "una sola Iglesia católica y
apostólica".[51] Además, las promesas del Señor de no abandonar jamás a su
Iglesia (cf. Mt 16,18; 28,20) y de guiarla con su Espíritu (cf. Jn 16,13)
implican que, según la fe católica, la unicidad y la unidad, como todo lo que
pertenece a la integridad de la Iglesia, nunca faltaran.[52]
Los fieles están obligados a profesar que existe una continuidad histórica
--radicada en la sucesión apostólica--[53]entre la Iglesia fundada por Cristo y
la Iglesia católica: "Esta es la única Iglesia de Cristo [...] que nuestro
Salvador confió después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Jn
24,17), confiándole a él y a los demás Apóstoles su difusión y gobierno (cf. Mt
28,18ss.), y la erigió para siempre como "columna y fundamento de la verdad" (1
Tm 3,15). Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad,
subsiste [subsistit in] en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de
Pedro y por los Obispos en comunión con él".[54] Con la expresión "subsitit in",
el Concilio Vaticano II quiere armonizar dos afirmaciones doctrinales: por un
lado que la Iglesia de Cristo, no obstante las divisiones entre los cristianos,
sigue existiendo plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado que
"fuera de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de
santificación y de verdad",[55] ya sea en las Iglesias que en las Comunidades
eclesiales separadas de la Iglesia católica.[56] Sin embargo, respecto a estas
últimas, es necesario afirmar que su eficacia "deriva de la misma plenitud de
gracia y verdad que fue confiada a la Iglesia católica".[57]
17. Existe, por lo tanto, una única Iglesia de Cristo, que subsiste en la
Iglesia católica, gobernada por el Sucesor de Pedro y por los Obispos en
comunión con él.[58] Las Iglesias que no están en perfecta comunión con la
Iglesia católica pero se mantienen unidas a ella por medio de vínculos
estrechísimos como la sucesión apostólica y la Eucaristía válidamente
consagrada, son verdaderas iglesias particulares.[59] Por eso, también en estas
Iglesias está presente y operante la Iglesia de Cristo, si bien falte la plena
comunión con la Iglesia católica al rehusar la doctrina católica del Primado,
que por voluntad de Dios posee y ejercita objetivamente sobre toda la Iglesia el
Obispo de Roma.[60]
Por el contrario, las Comunidades eclesiales que no han conservado el Episcopado
válido y la genuina e íntegra sustancia del misterio eucarístico,[61] no son
Iglesia en sentido propio; sin embargo, los bautizados en estas Comunidades, por
el Bautismo han sido incorporados a Cristo y, por lo tanto, están en una cierta
comunión, si bien imperfecta, con la Iglesia.[62] En efecto, el Bautismo en sí
tiende al completo desarrollo de la vida en Cristo mediante la íntegra profesión
de fe, la Eucaristía y la plena comunión en la Iglesia.[63]
"Por lo tanto, los fieles no pueden imaginarse la Iglesia de Cristo como la suma
--diferenciada y de alguna manera unitaria al mismo tiempo-- de las Iglesias y
Comunidades eclesiales; ni tienen la facultad de pensar que la Iglesia de Cristo
hoy no existe en ningún lugar y que, por lo tanto, deba ser objeto de búsqueda
por parte de todas las Iglesias y Comunidades".[64] En efecto, "los elementos de
esta Iglesia ya dada existen juntos y en plenitud en la Iglesia católica, y sin
esta plenitud en las otras Comunidades".[65] "Por consiguiente, aunque creamos
que las Iglesias y Comunidades separadas tienen sus defectos, no están
desprovistas de sentido y de valor en el misterio de la salvación, porque el
Espíritu de Cristo no ha rehusado servirse de ellas como medios de salvación,
cuya virtud deriva de la misma plenitud de la gracia y de la verdad que se
confió a la Iglesia".[66]
La falta de unidad entre los cristianos es ciertamente una herida para la
Iglesiad; no en el sentido de quedar privada de su unidad, sino "en cuanto
obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia".[67]
[47]Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.
[48]Cf. ibíd., 7.
[49]Cf. San Agustín, Enarrat.In Psalmos, Ps 90, Sermo 2,1: CCSL 39, 1266; San
Gregorio Magno, Moralia in Iob, Praefatio, 6, 14: PL 75, 525; Santo Tomás de
Aquino, Summa Theologicae, III, q. 48, a. 2 ad 1.
[50]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.Lumen gentium, 6.
[51]Símbolo de la fe: DS 48.Cf. Bonifacio VIII, Bula Unam Sanctam: DS 870-872;
Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.
[52]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, 4; Juan Pablo II,
Enc. Ut unum sint, 11: AAS 87 (1995) 921-982.
[53]3 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 20; cf. también San
Ireneo, Adversus Haereses, III, 3, 1-3: SC 211, 20-44; San Cipriano, Epist. 33,
1: CCSL 3B, 164-165; San Agustín, Contra advers. legis et prophet., 1, 20, 39:
CCSL 49, 70.
[54]Conc. Ecum Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 8.
[55]Ibíd., Cf. Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 13. Cf. también Conc.Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Lumen gentium, 15, y Decr.Unitatis redintegratio, 3.
[56]Es, por lo tanto, contraria al significado auténtico del texto conciliar la
interpretación de quienes deducen de la fórmula subsistitin la tesis según la
cual la única Iglesia de Cristo podría también subsistir en otras iglesias
cristianas. "El Concilio había escogido la palabra "subsistit" precisamente para
aclarar que existe una sola "subsistencia" de la verdadera Iglesia, mientras que
fuera de su estructura visible existen sólo "elementa Ecclesiae", los cuales
--siendo elementos de la misma Iglesia-- tienden y conducen a la Iglesia
católica" (Congr. para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre el volumen
"Iglesia: carisma y poder" del P. Leonardo Boff, 11-III-1985: AAS 77 (1985)
756-762).
[57]Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 3.
[58]Cf. Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, n. 1: AAS
65 (1973) 396-408.
[59]Cf. Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Unitatis redintegratio, 14 y 15; Congr. para
Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17 AAS 85 (1993) 838-850.
[60]Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const. Pastor aeternus: DS 3053-3064; Conc. Ecum.
Vat. II, Const dogm. Lumen gentium, 22.
[61]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 22.
[62]Cf. ibíd., 3.
[63]Cf. ibíd., 22.
[64]Congr. para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium ecclesiae, 1.
[65]Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 14.
[66]Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Unitatis redintegratio, 3.
[67]Congr. para la Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, 17.Cf. Conc.
Ecum. Vat. II, Decr. Unitatis redintegratio, n. 4.
Dominus Iesus - V. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO
V. IGLESIA, REINO DE DIOS Y REINO DE CRISTO
18. La misión de la Iglesia es "anunciar el Reino de Cristo y de Dios,
establecerlo en medio de todas las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra
el germen y el principio de este Reino".[68] Por un lado la Iglesia es
"sacramento, esto es, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano";[69] ella es, por lo tanto, signo e instrumento
del Reino: llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Por otro lado, la Iglesia es el
"pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo";[70]
ella es, por lo tanto, el "reino de Cristo, presente ya en el misterio",[71]
constituyendo, así, su germen e inicio. El Reino de Dios tiene, en efecto, una
dimensión escatológica: Es una realidad presente en el tiempo, pero su
definitiva realización llegará con el fin y el cumplimiento de la historia.[72]
De los textos bíblicos y de los testimonios patrísticos, así como de los
documentos del Magisterio de la Iglesia no se deducen significados unívocos para
las expresiones Reino de los Cielos, Reino de Dios y Reino de Cristo, ni de la
relación de los mismos con la Iglesia, ella misma misterio que no puede ser
totalmente encerrado en un concepto humano. Pueden existir, por lo tanto,
diversas explicaciones teológicas sobre estos argumentos. Sin embargo, ninguna
de estas posibles explicaciones puede negar o vaciar de contenido en modo alguno
la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia. En efecto, "el Reino de
Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de
la Iglesia... Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el
Reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el
significado del Reino --que corre el riesgo de transformarse en un objetivo
puramente humano e ideológico-- como la identidad de Cristo, que no aparece como
el Señor, al cual debe someterse todo (cf. 1 Co 15,27); asimismo, el Reino no
puede ser separado de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma, ya
que está ordenada al Reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin
embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está indisolublemente
unida a ambos".[73]
19. Afirmar la relación indivisible que existe entre la Iglesia y el Reino no
implica olvidar que el Reino de Dios --si bien considerado en su fase
histórica-- no se identifica con la Iglesia en su realidad visible y social. En
efecto, no se debe excluir "la obra de Cristo y del Espíritu Santo fuera de los
confines visibles de la Iglesia".[74] Por lo tanto, se debe también tener en
cuenta que "el Reino interesa a todos: a las personas, a la sociedad, al mundo
entero. Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo
divino, que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el
Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En
resumen, el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de
salvación en toda su plenitud".[75]
Al considerar la relación entre Reino de Dios, Reino de Cristo e Iglesia es
necesario, de todas maneras, evitar acentuaciones unilaterales, como en el caso
de "determinadas concepciones que intencionadamente ponen el acento sobre el
Reino y se presentan como "reinocéntricas", las cuales dan relieve a la imagen
de una Iglesia que no piensa en sí misma, sino que se dedica a testimoniar y
servir al Reino. Es una "Iglesia para los demás" --se dice-- como "Cristo es el
hombre para los demás"... Junto a unos aspectos positivos, estas concepciones
manifiestan a menudo otros negativos. Ante todo, dejan en silencio a Cristo: El
Reino, del que hablan, se basa en un "teocentrismo", porque Cristo --dicen-- no
puede ser comprendido por quien no profesa la fe cristiana, mientras que
pueblos, culturas y religiones diversas pueden coincidir en la única realidad
divina, cualquiera que sea su nombre. Por el mismo motivo, conceden privilegio
al misterio de la creación, que se refleja en la diversidad de culturas y
creencias, pero no dicen nada sobre el misterio de la redención. Además el
Reino, tal como lo entienden, termina por marginar o menospreciar a la Iglesia,
como reacción a un supuesto "eclesiocentrismo" del pasado y porque consideran a
la Iglesia misma sólo un signo, por lo demás no exento de ambigüedad".[76] Estas
tesis son contrarias a la fe católica porque niegan la unicidad de la relación
que Cristo y la Iglesia tienen con el Reino de Dios.
[68]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 5.
[69]3 Ibíd., 1.
[70]3 Ibíd., 4. Cf. San Cipriano, De Dominica oratione 23: CCSL 3A, 105.
[71]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 3.
[72]Cf. ibíd., 9. Cf. También la oración dirigida a Dios, que se encuentra en la
Didaché 9, 4: SC 248, 176: "Se reúna tu Iglesia desde los confines de la tierra
en tu reino", e ibíd., 10, 5: SC 248, 180: "Acuérdate, Señor, de tu Iglesia...
y, santificada, reúnela desde los cuatro vientos en tu reino que para ella has
preparado".
[73]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18; cf. Exhort. ap. Ecclesia in
Asia, 6-XI-1999, 17: L'Osservatore Romano, 7-XI-1999. El Reino es tan
inseparable de Cristo que, en cierta forma, se identifica con él (cf. Orígenes,
In Mt. Hom., 14, 7: PG 13, 1197; Tertuliano, Adversus Marcionem, IV, 33, 8: CCSL
1, 634.
[74]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 18.
[75]Ibíd., 15.
[76]Ibíd., 17.
ominus Iesus - VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
20. De todo lo que ha sido antes recordado, derivan también algunos puntos
necesarios para el curso que debe seguir la reflexión teológica en la
profundización de la relación de la Iglesia y de las religiones con la
salvación.
Ante todo, debe ser firmemente creído que la "Iglesia peregrinante es necesaria
para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación,
presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con
palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a
un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el
bautismo como por una puerta".[77] Esta doctrina no se contrapone a la voluntad
salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto, "es necesario, pues,
mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación
en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta
misma salvación".[78]
La Iglesia es "sacramento universal de salvación"[79] porque, siempre unida de
modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en el diseño
de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada hombre.[80]
Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, "la
salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una
misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino
que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta
gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el
Espíritu Santo".[81] Ella está relacionada con la Iglesia, la cual "procede de
la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo",[82] según el diseño de Dios
Padre.
21. Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada
siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con
la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se
limitó a afirmar que Dios la dona "por caminos que Él sabe".[83] La Teología
está tratando de profundizar este argumento, ya que es sin duda útil para el
crecimiento de la compresión de los designios salvíficos de Dios y de los
caminos de su realización. Sin embargo, de todo lo que hasta ahora ha sido
recordado sobre la mediación de Jesucristo y sobre las "relaciones singulares y
únicas"[84] que la Iglesia tiene con el Reino de Dios entre los hombres --que
substancialmente es el Reino de Cristo, salvador universal--, queda claro que
sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de
salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas
serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a
ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios.
Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos
de religiosidad, que proceden de Dios,[85] y que forman parte de "todo lo que el
Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las
culturas y religiones".[86] De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un
papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las
cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de
Dios.[87] A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una
eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos
cristianos.[88] Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no
cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co
10,20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación.[89]
22. Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la
salvación de todos los hombres (cf. Hch 17,30-31).[90] Esta verdad de fe no
quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con
sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista
"marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que "una religión
es tan buena como otra"".[91] Si bien es cierto que los no cristianos pueden
recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una
situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la
Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos.[92] Sin embargo es
necesario recordar a "los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben
atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no
responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de
salvarse, serán juzgados con mayor severidad".[93] Se entiende, por lo tanto,
que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-20) y como exigencia del
amor a todos los hombres, la Iglesia "anuncia y tiene la obligación de anunciar
constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en
quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios
reconcilió consigo todas las cosas".[94]
La misión ad gentes, también en el diálogo interreligioso, "conserva íntegra,
hoy como siempre, su fuerza y su necesidad".[95] "En efecto, "Dios quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm
2,4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La
salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu
de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta
verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para
ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe
ser misionera".[96] Por ello el diálogo, no obstante forme parte de la misión
evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión
ad gentes.[97] La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la
igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales,
ni mucho menos a Jesucristo --que es el mismo Dios hecho hombre-- comparado con
los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la
caridad y el respeto de la libertad,[98] debe empeñarse primariamente en
anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y
a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la
Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar
plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte,
la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta
el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor
Jesucristo.
[77]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14. Cf. Decr. Ad gentes, 7;
Decr. Unitatis redintegratio, 3.
[78]Juan Pablo II,Enc. Redemptoris missio, 9. Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, 846-847.
[79]3 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm., Lumen gentium, 48.
[80]Cf. San Cipriano, De catholicae ecclesiae unitate, 6: CCSL 3, 253-254; San
Ireneo, Adversus Haereses, III, 24, 1: SC 211, 472-474.
[81]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 10.
[82]Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2. La conocida fórmula extra Ecclesiam
nullus omnino salvatur debe ser interpretada en el sentido aquí explicado (cf.
Conc.Ecum. Lateranense IV, Cap. 1. De fide catholica: DS 802). Cf. también la
Carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston: DS 3866-3872.
[83]Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Ad gentes, 7.
[84]3 Juan Pablo II, Enc.Redemptoris missio, 18.
[85]Son las semillas del Verbo divino (semina Verbi), que la Iglesia reconoce
con gozo y respeto (cf. Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11, Decl. Nostra
aetate, 2).
[86]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 29.
[87]Cf. Ibíd.; Catecismo de la Iglesia Católica, 843.
[88]Cf. Conc. de Trento, Decr. De sacramentis, can. 8 de sacramentis in genere:
DS 1608.
[89]Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.
[90]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 17; Juan Pablo II, Enc.
Redemptoris missio, 11.
[91]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 36.
[92]Cf. Pío XII, Enc. Myisticis corporis, DS 3821.
[93]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.
[94]Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 2.
[95]Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 7.
[96]Catecismo de la Iglesia Católica, 851; cf. también, 849-856.
[97]Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; Exhort. ap. Ecclesia in
Asia, 31, 6-XI-1999.
[98]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 1.
Dominus Iesus - VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
VI. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES EN RELACIÓN CON LA SALVACIÓN
20. De todo lo que ha sido antes recordado, derivan también algunos puntos
necesarios para el curso que debe seguir la reflexión teológica en la
profundización de la relación de la Iglesia y de las religiones con la
salvación.
Ante todo, debe ser firmemente creído que la "Iglesia peregrinante es necesaria
para la salvación, pues Cristo es el único Mediador y el camino de salvación,
presente a nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia, y Él, inculcando con
palabras concretas la necesidad del bautismo (cf. Mt 16,16; Jn 3,5), confirmó a
un tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el
bautismo como por una puerta".[77] Esta doctrina no se contrapone a la voluntad
salvífica universal de Dios (cf. 1 Tm 2,4); por lo tanto, "es necesario, pues,
mantener unidas estas dos verdades, o sea, la posibilidad real de la salvación
en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta
misma salvación".[78]
La Iglesia es "sacramento universal de salvación"[79] porque, siempre unida de
modo misterioso y subordinada a Jesucristo el Salvador, su Cabeza, en el diseño
de Dios, tiene una relación indispensable con la salvación de cada hombre.[80]
Para aquellos que no son formal y visiblemente miembros de la Iglesia, "la
salvación de Cristo es accesible en virtud de la gracia que, aun teniendo una
misteriosa relación con la Iglesia, no les introduce formalmente en ella, sino
que los ilumina de manera adecuada en su situación interior y ambiental. Esta
gracia proviene de Cristo; es fruto de su sacrificio y es comunicada por el
Espíritu Santo".[81] Ella está relacionada con la Iglesia, la cual "procede de
la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo",[82] según el diseño de Dios
Padre.
21. Acerca del modo en el cual la gracia salvífica de Dios, que es donada
siempre por medio de Cristo en el Espíritu y tiene una misteriosa relación con
la Iglesia, llega a los individuos no cristianos, el Concilio Vaticano II se
limitó a afirmar que Dios la dona "por caminos que Él sabe".[83] La Teología
está tratando de profundizar este argumento, ya que es sin duda útil para el
crecimiento de la compresión de los designios salvíficos de Dios y de los
caminos de su realización. Sin embargo, de todo lo que hasta ahora ha sido
recordado sobre la mediación de Jesucristo y sobre las "relaciones singulares y
únicas"[84] que la Iglesia tiene con el Reino de Dios entre los hombres --que
substancialmente es el Reino de Cristo, salvador universal--, queda claro que
sería contrario a la fe católica considerar la Iglesia como un camino de
salvación al lado de aquellos constituidos por las otras religiones. Éstas
serían complementarias a la Iglesia, o incluso substancialmente equivalentes a
ella, aunque en convergencia con ella en pos del Reino escatológico de Dios.
Ciertamente, las diferentes tradiciones religiosas contienen y ofrecen elementos
de religiosidad, que proceden de Dios,[85] y que forman parte de "todo lo que el
Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las
culturas y religiones".[86] De hecho algunas oraciones y ritos pueden asumir un
papel de preparación evangélica, en cuanto son ocasiones o pedagogías en las
cuales los corazones de los hombres son estimulados a abrirse a la acción de
Dios.[87] A ellas, sin embargo no se les puede atribuir un origen divino ni una
eficacia salvífica ex opere operato, que es propia de los sacramentos
cristianos.[88] Por otro lado, no se puede ignorar que otros ritos no
cristianos, en cuanto dependen de supersticiones o de otros errores (cf. 1 Co
10,20-21), constituyen más bien un obstáculo para la salvación.[89]
22. Con la venida de Jesucristo Salvador, Dios ha establecido la Iglesia para la
salvación de todos los hombres (cf. Hch 17,30-31).[90] Esta verdad de fe no
quita nada al hecho de que la Iglesia considera las religiones del mundo con
sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye esa mentalidad indiferentista
"marcada por un relativismo religioso que termina por pensar que "una religión
es tan buena como otra"".[91] Si bien es cierto que los no cristianos pueden
recibir la gracia divina, también es cierto que objetivamente se hallan en una
situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la
Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos.[92] Sin embargo es
necesario recordar a "los hijos de la Iglesia que su excelsa condición no deben
atribuirla a sus propios méritos, sino a una gracia especial de Cristo; y si no
responden a ella con el pensamiento, las palabras y las obras, lejos de
salvarse, serán juzgados con mayor severidad".[93] Se entiende, por lo tanto,
que, siguiendo el mandamiento de Señor (cf. Mt 28,19-20) y como exigencia del
amor a todos los hombres, la Iglesia "anuncia y tiene la obligación de anunciar
constantemente a Cristo, que es "el Camino, la Verdad y la Vida" (Jn 14, 6), en
quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios
reconcilió consigo todas las cosas".[94]
La misión ad gentes, también en el diálogo interreligioso, "conserva íntegra,
hoy como siempre, su fuerza y su necesidad".[95] "En efecto, "Dios quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tm
2,4). Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La
salvación se encuentra en la verdad. Los que obedecen a la moción del Espíritu
de verdad están ya en el camino de la salvación; pero la Iglesia, a quien esta
verdad ha sido confiada, debe ir al encuentro de los que la buscan para
ofrecérsela. Porque cree en el designio universal de salvación, la Iglesia debe
ser misionera".[96] Por ello el diálogo, no obstante forme parte de la misión
evangelizadora, constituye sólo una de las acciones de la Iglesia en su misión
ad gentes.[97] La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la
igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales,
ni mucho menos a Jesucristo --que es el mismo Dios hecho hombre-- comparado con
los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la
caridad y el respeto de la libertad,[98] debe empeñarse primariamente en
anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y
a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la
Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar
plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte,
la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta
el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor
Jesucristo.
[77]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14. Cf. Decr. Ad gentes, 7;
Decr. Unitatis redintegratio, 3.
[78]Juan Pablo II,Enc. Redemptoris missio, 9. Cf. Catecismo de la Iglesia
Católica, 846-847.
[79]3 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm., Lumen gentium, 48.
[80]Cf. San Cipriano, De catholicae ecclesiae unitate, 6: CCSL 3, 253-254; San
Ireneo, Adversus Haereses, III, 24, 1: SC 211, 472-474.
[81]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 10.
[82]Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2. La conocida fórmula extra Ecclesiam
nullus omnino salvatur debe ser interpretada en el sentido aquí explicado (cf.
Conc.Ecum. Lateranense IV, Cap. 1. De fide catholica: DS 802). Cf. también la
Carta del Santo Oficio al Arzobispo de Boston: DS 3866-3872.
[83]Conc. Ecum. Vat.II, Decr. Ad gentes, 7.
[84]3 Juan Pablo II, Enc.Redemptoris missio, 18.
[85]Son las semillas del Verbo divino (semina Verbi), que la Iglesia reconoce
con gozo y respeto (cf. Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 11, Decl. Nostra
aetate, 2).
[86]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 29.
[87]Cf. Ibíd.; Catecismo de la Iglesia Católica, 843.
[88]Cf. Conc. de Trento, Decr. De sacramentis, can. 8 de sacramentis in genere:
DS 1608.
[89]Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55.
[90]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 17; Juan Pablo II, Enc.
Redemptoris missio, 11.
[91]Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 36.
[92]Cf. Pío XII, Enc. Myisticis corporis, DS 3821.
[93]Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 14.
[94]Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra aetate, 2.
[95]Conc.Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 7.
[96]Catecismo de la Iglesia Católica, 851; cf. también, 849-856.
[97]Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris missio, 55; Exhort. ap. Ecclesia in
Asia, 31, 6-XI-1999.
[98]Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, 1.
Recopilación de Raúl Cadena Cepeda.